
Domingo 15 de Julio, terminaba la Copa América. Argentina saltaba al terreno del ‘Pachencho’ Romero como favorito ante Brasil. El mejor equipo de la Copa, el mejor jugador del certamen y una apabullante victoria ante el cuadro mexicano (3-0) los abalaban.
Al frente tenían a un equipo brasilero que venía de menos a más, pero que frente a Uruguay en la seminal había dejado ciertas dudas. Un cuadro al cual siempre hay que tenerle respeto y que por más no haya llegado a Venezuela con sus mejores figuras, siempre es de temer.
El partido no podía empezar peor para los argentinos, arrancando el encuentro Baptista se encargó de abrir el marcador con un golazo. Brasil empezaba a celebrar y los argentinos empezaban a temer que la historia se vuelva a repetir.
El estadio lucía un lleno total. El color amarillo era el que predominaba, nadie presagiaba lo que vendría. El más fanático hincha brasilero no podía decir que el partido acabaría de la manera que terminó.
En nuestra capital, el Aló Brasil disfrutaba de manera increíble la primera anotación verde amarilla y la fiesta no acabaría ahí.

Ayala en trágica intervención ponía el segundo a favor de los brasileros. Autogol que mató las esperanzas de los jugadores argentinos. Bastaba con verle las caras. Ninguno lo podía creer, Messi empezó a apagarse, Tévez ya no era el mismo y Román, ay Román!!
Aquel jugador que suele aparecer en finales, ese número diez que se pone siempre el equipo al hombro y que deslumbra con su juego, desapareció totalmente de la cancha. Regresó a Argentina antes que los demás, justo en el momento que más se le necesitó.
Llegaba el tercero, estallaba el Pachencho, Miraflores era una fiesta, todo el país de la Zamba volvía a festejar un triunfo sobre el clásico rival. Dunga, entrenador de Brasil, no podía contener la alegría. Yo apagaba uno de los últimos cigarros de mi vida y por fin comprendía que en el fútbol, como en la vida, la justicia no existe.
Aquel equipo que deslumbró durante dos semanas tuvo que regresarse a casa, a mirar el obelisco desde el bus, pero sin gente que esté celebrando en los alrededores. Del otro lado, todo era diferente y razones no faltaban.
Argentina sólo dejó una cosa, buen fútbol y a Messi. También nos enseñó que jamás y repito, jamás, debemos mirar por el hombro a ningún rival. Como leía hoy en algún periódico, “Brasil no tiene equipo B”. Argentina no lo supo y la confianza los mató.
La lógica en el fútbol no existe, el favorito esta vez se regresó a casa con las manos vacías, no será la última vez que esto pase y esto es lo maravilloso de este deporte.
Al frente tenían a un equipo brasilero que venía de menos a más, pero que frente a Uruguay en la seminal había dejado ciertas dudas. Un cuadro al cual siempre hay que tenerle respeto y que por más no haya llegado a Venezuela con sus mejores figuras, siempre es de temer.
El partido no podía empezar peor para los argentinos, arrancando el encuentro Baptista se encargó de abrir el marcador con un golazo. Brasil empezaba a celebrar y los argentinos empezaban a temer que la historia se vuelva a repetir.
El estadio lucía un lleno total. El color amarillo era el que predominaba, nadie presagiaba lo que vendría. El más fanático hincha brasilero no podía decir que el partido acabaría de la manera que terminó.
En nuestra capital, el Aló Brasil disfrutaba de manera increíble la primera anotación verde amarilla y la fiesta no acabaría ahí.

Ayala en trágica intervención ponía el segundo a favor de los brasileros. Autogol que mató las esperanzas de los jugadores argentinos. Bastaba con verle las caras. Ninguno lo podía creer, Messi empezó a apagarse, Tévez ya no era el mismo y Román, ay Román!!
Aquel jugador que suele aparecer en finales, ese número diez que se pone siempre el equipo al hombro y que deslumbra con su juego, desapareció totalmente de la cancha. Regresó a Argentina antes que los demás, justo en el momento que más se le necesitó.
Llegaba el tercero, estallaba el Pachencho, Miraflores era una fiesta, todo el país de la Zamba volvía a festejar un triunfo sobre el clásico rival. Dunga, entrenador de Brasil, no podía contener la alegría. Yo apagaba uno de los últimos cigarros de mi vida y por fin comprendía que en el fútbol, como en la vida, la justicia no existe.
Aquel equipo que deslumbró durante dos semanas tuvo que regresarse a casa, a mirar el obelisco desde el bus, pero sin gente que esté celebrando en los alrededores. Del otro lado, todo era diferente y razones no faltaban.
Argentina sólo dejó una cosa, buen fútbol y a Messi. También nos enseñó que jamás y repito, jamás, debemos mirar por el hombro a ningún rival. Como leía hoy en algún periódico, “Brasil no tiene equipo B”. Argentina no lo supo y la confianza los mató.
La lógica en el fútbol no existe, el favorito esta vez se regresó a casa con las manos vacías, no será la última vez que esto pase y esto es lo maravilloso de este deporte.




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