Regresa de la nada. Pasaron ya tres meses. Tu tranquilo, conociste chicas, te divertiste y todo iba tan bien. Sábado, diez de la mañana. En la chamba te habían dado libre y tu decides dormir hasta tarde. En eso el timbre interrumpe tu sueño. No había nadie en tu casa, sabes que tienes que bajar a abrir la puerta, pero te resistes. Sigues durmiendo.
Vuelve a sonar por segunda vez. Tu ya un poco amargo decides bajar, pero la flojera no te permite salir de tu cama. No te levantas. En eso tu celular suena. Presientes que quien está tocando el timbre es quien realiza la llamada.
Ves tu celular, el número es conocido, pero no logras recordar de quien es. Contestas con una voz de sueño única y te dicen: “Sorry, ¿te desperté?” Tú, irónico como siempre, le dices: “Noooo”. Ella sonreirá y tu aún no sabrás quien es. “Sigues igualito, ábreme la puerta no seas flojo”
Tu querrás saber quien es antes de abrir, pero la flojera te domina. Bajas en boxer, con un polo todo sucio del día anterior o el clásico, la camiseta de algún equipo. Abres y no lo puedes creer. Es ella, después de tanto tiempo.
La haces pasar, te disculpas por estar en esas fachas y subes a buscar algo mejor. No te esmeras. Total, ya para qué, piensas. Bajas a los 5 minutos, ella está mirando tu casa, paseándose por el patio, jugando con tu perro. Tu le ofreces algo de tomar y ella acepta.
Le llevas el vaso de gaseosa, ella lo agradece. “Te extrañé, ¿por qué desapareciste de esa manera?, pregunta. Tu sorprendido dices lo que solemos decir, estúpidamente, en esas circunstancias. No desaparecí, el trabajo y la universidad me absorbieron, ¿tú sabes cómo es esto? Y precisamente porque ella sabe como es, entiende que simplemente te esfumaste de su vida.
Te acaricia el cabello, te cuenta como le ha ido y tu sigues impávido sin saber que demonios hace ella sentada en tu sala. Los recuerdos te invaden y en menos de dos minutos con ella al costado sabes que realmente no sientes nada.
Ella te sorprende y te toma de la mano. Ni si quiera imaginas lo que viene a continuación. Tratas de safarte con alguna excusa, es demasiado tarde. ¿Yo te gustaba? Te pregunta con el mayor desparpajo, como si nunca se hubiera dado cuenta. Como si esas cosas no fueran notorias.
Tú que a esas alturas ya te has espabilado, respondes sin titubear. Sí, estaba enamorado de ti. Ella apelará a un viejo recurso. ¿Porqué no me dijiste nada? Tu querrás insultarla, pero no podrás. Te lo dije, pero yo sólo era tu amigo, terminarás diciendo.
Te dirá que nunca se dio cuenta, que debiste ser claro y ahí terminará el tema. Seguirán conversando de cómo les fue, la invitarás a almorzar y seguiran platicando. Sin poder creerlo se hizo de noche y tu la llevas a su casa. Ella te estrechará en un abrazo que te hará poner la piel de gallina y te dirá al oído que te quiere.
Tu saldrás de ahí sin saber que hacer. Sólo quieres hablar con alguien y contarle lo sucedido. Llamarás al amigo de siempre. Sí, ese con el que chupaste hace menos de cuatro meses por que ella no te quería. Él te dirá que eres un huevón, que lo dejes pasar por alto, que ella te quiere tener ahí y una llamada interrumpirá su conversación. Es ella.
“Te llamaba para desearte buenas noches y decirte que te quiero mucho”, dice. Tú y tu amigo escuchan, la pusiste en altavoz. Él pone cara de incrédulo, tu de huevón. El te dice agárratela y tu sabes que no podrías hacer eso.
Regresan los mensajes, vuelven las llamadas y vuelven con algo muy especial. Tú no las haces, ella las realiza. Tu no te tomas la molestia de llamarla, ni si quiera de timbrarle, pero ella insiste.
Pasan dos semanas y tu sigues sin creerlo. Las dudas son ahora las que empiezan a asaltar tu cabeza. Tu cerebro las toma como rehén y no salen por nada del mundo. Pero tu ya la habías olvidado. Nada más falso.
Pero te resistes. Pasan tres semanas y ella toma la iniciativa. Te invita al cine. Luego a comer, y terminan tomando un vino en su casa. La velada es inolvidable, empiezas a sentirte como antes. Si fuera por tí la besarías en ese momento, pero sabes que no debes.
Llega a la hora de irte a tu casa y ella no quiere que te vayas. Te empieza a enseñar fotos en su computadora y de casualidad, quizás a propósito, se cuela una foto con su ex enamorado; tu no puedes soportar la rabia. Te ‘barajas’ cinco minutos más y te vas.
Llega la mañana, domingo, tú sólo piensas en que ése día tienes que ir a cubrir un evento de motos acuáticas. Estás pensando por donde alzarás la nota y la flojera que te da trabajar domingo y en verano, pero vuelve a sonar tu teléfono.
No quieres contestar, pero lo haces. Te está invitando a almorzar con su familia, te asustas un poco, le dices que sales a las dos de la tarde del trabajo y ella, para tu mala suerte, se ríe y dice: “Gordito, almorzamos a las tres, te espero en Punto Azul de Primavera” y cuelga.
Tu no entiendes nada, estás prácticamente anonadado, todo es tan surrealista y a la vez sientes una alegría extraña, un dulce sabor en el alma que te hace ser feliz por esos momentos. Lo que no sabes es que lo mejor está por venir.
Llegas (para esto te bañaste y te pusiste la mejor ropa de tu closet) y ella te espera en la esquina, linda como siempre, con una sonrisa incomparable, que de verla una sonrisa se te escapa. Te saluda, te agarra la mano y te lleva, sí de la mano, a la cevichería.
Las caras en la mesa son familiares, saludas y ella dice lo que terminó de revolverte el cerebro, las entrañas y el alma misma. “Bueno familia, él es mi enamorado. Te da un beso y te dice que te sientes a su lado”.
El papá, con el que tenías una confianza única, te dice que ya era hora y te empieza a interrogar sobre que haces, que no haces y hasta de política hablan. Tu aún no sabes que papel estas representando en esa mesa.
Terminan de comer, ella se disculpa y nosotros nos vamos. Saliendo de la cevichería tú quieres preguntarle que sucede y ella simplemente te cierra la boca con otro beso. “Cállate y vayamos a caminar, cuando nos sentemos te diré todo lo que quieras saber”, dice.
Caminan si mediar palabra alguna, llegan al parque más bonito de surco (me reservaré decir cuál es) se sienta y dice algo que nunca olvidarás. “Daniel, estoy enamorada de ti. Siempre lo estuve, pero tuve miedo. Ahora me doy cuenta de todo el tiempo que perdí y quiero reponerlo ¿Quieres ser mi enamorado?
Hacerme el difícil, decirle que lo pensaré, si, no y toda una serie de respuestas posibles inundan tu pensar en segundos. Sólo atinas a decir lo siguiente: ¿Por qué ahora y no antes? Sabes no me importa nada, te quiero, aún sigo enamorado de ti. Le das un beso se unen en un abrazo y hasta el día de hoy caminan felices de la mano.
Esta historia tuvo un final feliz, no siempre es así. Sólo puedo dar un consejo, aprovechen el tiempo al máximo, pero sean muy pacientes. En las cosas del amor uno nunca sabe las vueltas que puede dar la vida. Al primer tropiezo no desesperen, pero que esto no los transforme en una persona sin personalidad o que permite que ser pisoteados. Dignidad señores, dignidad y respeto por uno mismo.
Si ella (o él) es para ti, regresará. En este caso él estaba dispuesto a aceptarla en su vida, pero ¿si no es así? ¿Si el dolor que dejó ella al desaparecer es más grande que el cariño que puedes sentir por ella? Sólo date tiempo, medita y resuelve. No te niegues la oportunidad de intentarlo, de repente ella (él) es parte de la felicidad que tanto anhelas.




