Sábado en la madrugada, la niebla cubría el malecón miraflorino. Era media noche y Camila no tenía idea de lo que le esperaba dos cuadras más adelante. Un clásico jean, balerinas negras y una casaca estilo militar eran el atuendo para esta ocasión. Algunas lágrimas cayendo de sus ojos, un cigarro que se le consumía entre los dedos y la tristeza de haber perdido a la persona que más amaba, eran los condimentos que completaban está noche que parecía ser terrible para ella.
Cinco cuadras más abajo, ‘El Gordo’ se despedía de unos amigos. Salían de jugar fulbito y el se iba a pie hasta su departamento. Una casaca de Italia, una ropa de baño roja, el chullito infaltable y la cámara de fotos siempre en la cintura. El ambiente le hizo sacar la cámara y empezó a disparar, en eso, tras esa especie de humo blanco empezó a aparecer una chica, la cual de inmediato capturó su atención.
Camila seguía llorando, caminaba mirando al piso y fumando su cigarrillo. No quería hablar con nadie, sólo quería caminar y borrar de la mente al infame que la dejó. Quería arrancar del corazón al tipo que la hizo sufrir por tres años y que esa noche comprendió, no debió amar jamás. En eso, un destello interrumpe su llanto y un “Hola, ¿porqué la tristeza?” La hizo detener su caminar.
Matías, así se llamaba ‘el gordo’, esperó una respuesta, esta nunca llegó. Parados en la mitad del malecón, él empezó a tomarle fotos, ella no atinaba a nada. Seguía llorando. Matías intentó abrazarla y ella despertó del trance en el que se encontraba. ¿Qué sucede?, preguntó.
Ella simplemente lo abrazó y siguió llorando. Pasaron dos horas sentados, con un frío espantoso, Matías guardó la cámara y se olvidó por un momento de su vocación. Le dedicó esas dos horas integras, no mencionó palabra alguna, simplemente se sentó y abrió mente y oídos a una chica que, a su parecer, en ese momento necesitaba ayuda.
Camila no paraba de hablar y de maldecir a los hombres, le contó la historia completa. La humillación, los golpes, el maltrato mental, las infidelidades y como quien corona la jornada, la despedida. La huída de aquel cobarde, que la dejaba sin decirle nada de frente. “Sólo escuché un mensaje de voz en mi celular que decía: ‘Me voy Camila, me cansé. Me voy con Susana”. Ella aún no encontraba explicación para lo sucedido, fue ahí que Matías dijo las primeras palabras después de un buen tiempo.
“Vamos por un café”, dijo pausadamente Matías. Ella lo dudó por un momento, pero como negarle un café a alguien que la había escuchado por tanto tiempo y sin chistar, refutar o interrumpirla. Aceptó y caminaron hasta su departamento, él muy atento la invitó a pasar, ella muy asustada no aceptó. Mientras él sonreía, le dijo: “Voy a bajar un termo y te llevo a tu casa, para que estés más tranquila”. Ella asintió.
Mientras Matías preparaba el café, muchas cosas pasaban por su cabeza. En eso sonó el teléfono de su casa, contestó y era Camila. Se había dejado el teléfono y la cámara en el primer piso. El sorprendido le dijo que no se preocupara que cuando bajara esas cosas se irían con él. Colgó y gritó: “La amo”. Matías sonreía mientras preparaba el café, terminó y bajó calmadamente.
Camila recibió el termo y por primera vez en toda la noche esbozó una sonrisa. El hoyuelo en la mejilla derecha capturó la atención de Matías, que en un impulso dijo: “que linda eres”, el esbozo de sonrisa se convirtió en una carcajada por parte de Camila, el iba a disculparse, pero ella le cerró los labios con el dedo índice y lo conminó a guardar silencio sin decir una sola palabra.
Ella parecía conocerlo, recordaba que un par de años atrás, antes de salir de la Universidad, un sujeto en el Estadio le había tomado unas fotos a lo lejos. Recordaba también que habían llevado un curso juntos, pero no se animaba a decirle nada. Pero, cuando el silencio, ese silencio incómodo que se da a veces en las conversaciones, invadió la charla, ella decidió preguntarle.
Por su parte, Matías sabía perfectamente de quien se trataba. Era Camila, la chica que siempre le gustó y que por azares del destino nunca pudo conocer. La miraba a lo lejos, parecía feliz, y la perdió de vista una vez terminada la carrera. Quién pensaría que unos años después se la encontraría y de que forma. Además, fue muy duro para él saber que nunca fue feliz, saber que aquel con el que la veía caminar la trataba mal, que no supo valorar lo que tenía al lado. Fue duro porque en ese tiempo, él no se animó a meterse en una relación, simplemente se hizo a un lado. “Fui un huevón”, decía Matías a menudo.
“¿Tú no eres el gordo?”, atacó Camila. “No eres el que me tomaste fotos en el estadio y que además estudiaba periodismo en mi universidad”. “Sí, el que vivía enamorado de ti y nunca te lo dijo”. Ella no podía creer lo que estaba escuchando. Soltó una risita nerviosa y dijo no creerle.
Mientras manejaba, Camila sintió un poco de miedo porque Matías sin haberle preguntado estaba llegando a su casa. Él se percato de esto y le dijo: “Acaso no me creíste, y sí, se donde vives por que un amigo mío vive a la espalda de tu casa y en un sin fin de ocasiones te hemos visto pasar”
Ella se sorprendió y pidió que se estacionara. Accedió, lo que pasaría a continuación sólo Dios lo podría saber. Camila lo empezó a besar, el siguió el beso, sin hacerse preguntas, simplemente disfrutó el momento, pero lo que ella iba a decir cambiaría en ese momento su vida.
“Eres un huevón, por qué nunca hablaste. Siempre te miré a lo lejos, siempre sentí algo por ti, siempre me gustaste, hasta alguna vez nos quedamos mirando. Pero tú nunca reaccionaste. Te pedía ayuda en silencio y tú no me la diste”
Matías se apuró a decir: “nunca me la pediste, pero no discutamos de esto. Ahora estoy acá, estamos juntos y podemos empezar desde cero. Hola, soy Matías”, dijo y sonrío. “Hola. Camila”, dijo ella.
Conversaron hasta que amaneció. Estaban en la puerta de la casa de ella, el le acariciaba la mejilla y ella sonreía. Matías se fue a su departamento convencido de haber encontrado el amor. Camila entro a su casa feliz y sólo atinó a echarse en su cama, no paraba de sonreír mientras escribía en su diario. Sólo ella sabe que escribió en esas líneas, sólo ella sabe que sintió ese día, pero cuando Matías escuchó el primer Te Amo, supo lo que había escrito y supo lo que sintió Camila.
Salieron durante tres semanas. Recién al mes formalizaron. Dos meses después ella se mudaba al departamento de Matías. Medio año más tarde se estaban casando en una pequeña ceremonia en Mancora, una playa en el norte del Perú. Y el mismo día trepaban a un avión que los llevaría primero a su luna de Miel y luego a Madrid, donde radicarían.
A él ya no se le puede decir “El gordo”, ella está preciosa y a pesar de los dos hijos mantiene una figura envidiable. Ambos lograron todo lo que querían. Él trabaja en la televisión, conduce un programa de entrevistas en Televisión Española (TVE). Ella, después de ganarse un nombre en la literatura (Escribió dos novelas que lograron ser best séller), conduce un programa en el mismo canal.
Vienen una vez al año, por un mes, a visitar a sus familias en Perú. Siempre cargados de regalos para todos y una historia nueva que contar. Nunca olvidan el día en que se conocieron. Siempre que vuelven a Perú salen a caminar por el malecón de Miraflores. Pasan por el departamento en que vivieron y se abrazan recordando que la casualidad o simplemente el destino quiso que estuvieran juntos.
Cinco cuadras más abajo, ‘El Gordo’ se despedía de unos amigos. Salían de jugar fulbito y el se iba a pie hasta su departamento. Una casaca de Italia, una ropa de baño roja, el chullito infaltable y la cámara de fotos siempre en la cintura. El ambiente le hizo sacar la cámara y empezó a disparar, en eso, tras esa especie de humo blanco empezó a aparecer una chica, la cual de inmediato capturó su atención.
Camila seguía llorando, caminaba mirando al piso y fumando su cigarrillo. No quería hablar con nadie, sólo quería caminar y borrar de la mente al infame que la dejó. Quería arrancar del corazón al tipo que la hizo sufrir por tres años y que esa noche comprendió, no debió amar jamás. En eso, un destello interrumpe su llanto y un “Hola, ¿porqué la tristeza?” La hizo detener su caminar.
Matías, así se llamaba ‘el gordo’, esperó una respuesta, esta nunca llegó. Parados en la mitad del malecón, él empezó a tomarle fotos, ella no atinaba a nada. Seguía llorando. Matías intentó abrazarla y ella despertó del trance en el que se encontraba. ¿Qué sucede?, preguntó.
Ella simplemente lo abrazó y siguió llorando. Pasaron dos horas sentados, con un frío espantoso, Matías guardó la cámara y se olvidó por un momento de su vocación. Le dedicó esas dos horas integras, no mencionó palabra alguna, simplemente se sentó y abrió mente y oídos a una chica que, a su parecer, en ese momento necesitaba ayuda.
Camila no paraba de hablar y de maldecir a los hombres, le contó la historia completa. La humillación, los golpes, el maltrato mental, las infidelidades y como quien corona la jornada, la despedida. La huída de aquel cobarde, que la dejaba sin decirle nada de frente. “Sólo escuché un mensaje de voz en mi celular que decía: ‘Me voy Camila, me cansé. Me voy con Susana”. Ella aún no encontraba explicación para lo sucedido, fue ahí que Matías dijo las primeras palabras después de un buen tiempo.
“Vamos por un café”, dijo pausadamente Matías. Ella lo dudó por un momento, pero como negarle un café a alguien que la había escuchado por tanto tiempo y sin chistar, refutar o interrumpirla. Aceptó y caminaron hasta su departamento, él muy atento la invitó a pasar, ella muy asustada no aceptó. Mientras él sonreía, le dijo: “Voy a bajar un termo y te llevo a tu casa, para que estés más tranquila”. Ella asintió.
Mientras Matías preparaba el café, muchas cosas pasaban por su cabeza. En eso sonó el teléfono de su casa, contestó y era Camila. Se había dejado el teléfono y la cámara en el primer piso. El sorprendido le dijo que no se preocupara que cuando bajara esas cosas se irían con él. Colgó y gritó: “La amo”. Matías sonreía mientras preparaba el café, terminó y bajó calmadamente.
Camila recibió el termo y por primera vez en toda la noche esbozó una sonrisa. El hoyuelo en la mejilla derecha capturó la atención de Matías, que en un impulso dijo: “que linda eres”, el esbozo de sonrisa se convirtió en una carcajada por parte de Camila, el iba a disculparse, pero ella le cerró los labios con el dedo índice y lo conminó a guardar silencio sin decir una sola palabra.
Ella parecía conocerlo, recordaba que un par de años atrás, antes de salir de la Universidad, un sujeto en el Estadio le había tomado unas fotos a lo lejos. Recordaba también que habían llevado un curso juntos, pero no se animaba a decirle nada. Pero, cuando el silencio, ese silencio incómodo que se da a veces en las conversaciones, invadió la charla, ella decidió preguntarle.
Por su parte, Matías sabía perfectamente de quien se trataba. Era Camila, la chica que siempre le gustó y que por azares del destino nunca pudo conocer. La miraba a lo lejos, parecía feliz, y la perdió de vista una vez terminada la carrera. Quién pensaría que unos años después se la encontraría y de que forma. Además, fue muy duro para él saber que nunca fue feliz, saber que aquel con el que la veía caminar la trataba mal, que no supo valorar lo que tenía al lado. Fue duro porque en ese tiempo, él no se animó a meterse en una relación, simplemente se hizo a un lado. “Fui un huevón”, decía Matías a menudo.
“¿Tú no eres el gordo?”, atacó Camila. “No eres el que me tomaste fotos en el estadio y que además estudiaba periodismo en mi universidad”. “Sí, el que vivía enamorado de ti y nunca te lo dijo”. Ella no podía creer lo que estaba escuchando. Soltó una risita nerviosa y dijo no creerle.
Mientras manejaba, Camila sintió un poco de miedo porque Matías sin haberle preguntado estaba llegando a su casa. Él se percato de esto y le dijo: “Acaso no me creíste, y sí, se donde vives por que un amigo mío vive a la espalda de tu casa y en un sin fin de ocasiones te hemos visto pasar”
Ella se sorprendió y pidió que se estacionara. Accedió, lo que pasaría a continuación sólo Dios lo podría saber. Camila lo empezó a besar, el siguió el beso, sin hacerse preguntas, simplemente disfrutó el momento, pero lo que ella iba a decir cambiaría en ese momento su vida.
“Eres un huevón, por qué nunca hablaste. Siempre te miré a lo lejos, siempre sentí algo por ti, siempre me gustaste, hasta alguna vez nos quedamos mirando. Pero tú nunca reaccionaste. Te pedía ayuda en silencio y tú no me la diste”
Matías se apuró a decir: “nunca me la pediste, pero no discutamos de esto. Ahora estoy acá, estamos juntos y podemos empezar desde cero. Hola, soy Matías”, dijo y sonrío. “Hola. Camila”, dijo ella.
Conversaron hasta que amaneció. Estaban en la puerta de la casa de ella, el le acariciaba la mejilla y ella sonreía. Matías se fue a su departamento convencido de haber encontrado el amor. Camila entro a su casa feliz y sólo atinó a echarse en su cama, no paraba de sonreír mientras escribía en su diario. Sólo ella sabe que escribió en esas líneas, sólo ella sabe que sintió ese día, pero cuando Matías escuchó el primer Te Amo, supo lo que había escrito y supo lo que sintió Camila.
Salieron durante tres semanas. Recién al mes formalizaron. Dos meses después ella se mudaba al departamento de Matías. Medio año más tarde se estaban casando en una pequeña ceremonia en Mancora, una playa en el norte del Perú. Y el mismo día trepaban a un avión que los llevaría primero a su luna de Miel y luego a Madrid, donde radicarían.
A él ya no se le puede decir “El gordo”, ella está preciosa y a pesar de los dos hijos mantiene una figura envidiable. Ambos lograron todo lo que querían. Él trabaja en la televisión, conduce un programa de entrevistas en Televisión Española (TVE). Ella, después de ganarse un nombre en la literatura (Escribió dos novelas que lograron ser best séller), conduce un programa en el mismo canal.
Vienen una vez al año, por un mes, a visitar a sus familias en Perú. Siempre cargados de regalos para todos y una historia nueva que contar. Nunca olvidan el día en que se conocieron. Siempre que vuelven a Perú salen a caminar por el malecón de Miraflores. Pasan por el departamento en que vivieron y se abrazan recordando que la casualidad o simplemente el destino quiso que estuvieran juntos.
Hoy sentado frente a mi Laptop la veo preparar la cena. La veo renegar por que ‘Mati’, nuestro hijo, no ha hecho la tarea. Veo esos ojos color caramelo que hasta ahora me enternecen. Ella se acerca, se sienta en mis piernas y me da un beso. “Te amo”, le digo y Camila sonríe, me da otro beso y me responde también con un te amo. Yo apago la computadora y veo por la ventana. Las calles de Madrid están empapadas por la lluvia, Camila me abraza por la espalda y me pregunta al oído: “¿Te lo imaginaste así?”, yo volteo, la miro y le digo: “Siempre lo soñé”.



