
Dispara! Esto fue lo último que mis oídos lograron escuchar. Luego como si fuera parte de un sueño, me acuerdo de los eventos de esa noche por momentos. Todo fue tan confuso, tan dramático, cómo si fuera parte de esa telenovela que tu decías que vivía.
Sentados en el auto todo parecía normal, discutíamos por que música poner, pero al final escuchábamos lo que tú querías, casi siempre terminaba por gustarme. Teníamos sed y decidimos parar en ese bar, ese fatídico bar.
Una cerveza para empezar y una limonada frozen para continuar fueron los aperitivos de esa noche. Fiel a la costumbre, por lo menos a una vieja, yo no pedí nada con alcohol, el largo trayecto a Trípoli me lo impedía.
No pasaron más de dos minutos y las viejas costumbres continuaban. Bailamos, conversamos y disfrutamos de una noche maravillosa en Francia. Eran las tres de la mañana y teníamos que empezar el viaje de regreso.
Saliendo, golpeo a alguien en el hombro de casualidad y pido disculpas. El sujeto en cuestión no las acepta y arremete contra mí sin mediar palabra alguna. En ese trayecto de dos segundos, logro identificar a mi agresor.
Era “Arturo”, la vida le enseñó que las cosas no eran tan fáciles cómo el creía. Varios eventos en su vida lo hicieron tomar siempre los caminos más fáciles y como era de esperar terminó inmiscuido en un sin fin de problemas que no vale la pena enumerar acá.
Creció y tuvo que buscar, como muchos de nosotros, un futuro en otro lado, no lo encontró. Casualidades de la vida dio a parar ahí. Nuestra relación nuca fue buena y eso se comprobaría esa misma noche.
¿”Arturo”?, dudó, pero fue demasiado tarde. Tenía el puño de Arturo clavado en el mentón y si algo había aprendido en la vida era el hecho de responder sendos puñetazos.
De la pelea poco recuerdo, lo único que sé es que por uno u otro motivo tú estallabas en llanto mientras alguien te sujetaba para que no te metieras en tremendo lío. Yo sólo escuchaba tus gritos, no diferenciaba tus palabras, hasta que escuché ¡sacó una pistola!
Cuando volteo, con el miedo lógico de la situación, pero con la decisión que siempre he tenido, el frió asoló mi frente. Tenía un tubo de metal pegado a la frente y la cara de “Arturo” en un primer plano, casi fantasmagórico.
La pistola sólo me apuntó dos minutos, ¡Dispara!, te dije y hasta el día de hoy te arrepientes de lo que hiciste. Son 80 años los que cumplías el día de hoy, son 58 los que llevabas en prisión y la misma cantidad de años los que tiene “Gabriel” en esa silla de ruedas.
Yo sigo disfrutando de la compañía de la personita que estalló en llanto aquella noche, sigo disfrutando de la vida, de sus problemas y de sus tantas alegrías. Sigo viviendo en un mundo que tu decidiste no vivir.
Sentados en el auto todo parecía normal, discutíamos por que música poner, pero al final escuchábamos lo que tú querías, casi siempre terminaba por gustarme. Teníamos sed y decidimos parar en ese bar, ese fatídico bar.
Una cerveza para empezar y una limonada frozen para continuar fueron los aperitivos de esa noche. Fiel a la costumbre, por lo menos a una vieja, yo no pedí nada con alcohol, el largo trayecto a Trípoli me lo impedía.
No pasaron más de dos minutos y las viejas costumbres continuaban. Bailamos, conversamos y disfrutamos de una noche maravillosa en Francia. Eran las tres de la mañana y teníamos que empezar el viaje de regreso.
Saliendo, golpeo a alguien en el hombro de casualidad y pido disculpas. El sujeto en cuestión no las acepta y arremete contra mí sin mediar palabra alguna. En ese trayecto de dos segundos, logro identificar a mi agresor.
Era “Arturo”, la vida le enseñó que las cosas no eran tan fáciles cómo el creía. Varios eventos en su vida lo hicieron tomar siempre los caminos más fáciles y como era de esperar terminó inmiscuido en un sin fin de problemas que no vale la pena enumerar acá.
Creció y tuvo que buscar, como muchos de nosotros, un futuro en otro lado, no lo encontró. Casualidades de la vida dio a parar ahí. Nuestra relación nuca fue buena y eso se comprobaría esa misma noche.
¿”Arturo”?, dudó, pero fue demasiado tarde. Tenía el puño de Arturo clavado en el mentón y si algo había aprendido en la vida era el hecho de responder sendos puñetazos.
De la pelea poco recuerdo, lo único que sé es que por uno u otro motivo tú estallabas en llanto mientras alguien te sujetaba para que no te metieras en tremendo lío. Yo sólo escuchaba tus gritos, no diferenciaba tus palabras, hasta que escuché ¡sacó una pistola!
Cuando volteo, con el miedo lógico de la situación, pero con la decisión que siempre he tenido, el frió asoló mi frente. Tenía un tubo de metal pegado a la frente y la cara de “Arturo” en un primer plano, casi fantasmagórico.
La pistola sólo me apuntó dos minutos, ¡Dispara!, te dije y hasta el día de hoy te arrepientes de lo que hiciste. Son 80 años los que cumplías el día de hoy, son 58 los que llevabas en prisión y la misma cantidad de años los que tiene “Gabriel” en esa silla de ruedas.
Yo sigo disfrutando de la compañía de la personita que estalló en llanto aquella noche, sigo disfrutando de la vida, de sus problemas y de sus tantas alegrías. Sigo viviendo en un mundo que tu decidiste no vivir.
Pero “Gabriel”, él no tuvo nada que ver en esa pelea, para él no estaba dirigida esa bala, pero la locura, la estupidez y la tremenda borrachera que llevabas encima te envolvieron esa noche, la última noche que gozaste de tu libertad, esa libertad que hoy, al morir, recuperas.




3 comentarios:
zzzZZZzzzZZZzzzZZZ
NO PASA NAAAAAAAAA
Jejeje. El tema me suena interesante.
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